¿Dónde está la democracia?

Menos de 4 meses son lo que faltan para que todos los mexicanos y mexicanas decidan quien es el más apto para ser nuestro presidente por los próximos 6 años. Pero esta elección se ha vuelto una “prostitución” como nunca antes vista; cambios de color, mezcla de ideas, guerra sucia cibernética, hasta candidatos “independientes”, con raíces partidarias arraigadas.

Y ¿Dónde está la democracia?

No es la primera vez que un resultado de elección democrática ponga a prueba de la democracia mexicana; de hecho cada 6 años este miedo al “cambio” se hace presente en las personas mexicanas.

Se acuerdan cuando querían un cambio del PRI al PAN y luego la cosa empeoro y se regresó al gobierno priista, pero ahora. ¿Qué sigue?

¿PRI?, ¿PAN?, ¿Morena o ¿Independiente?

Si analizamos la situación tal vez el PRI merece perder, coincidió en actos de corrupción que todos asociamos con su comportamiento habitual en el siglo XX.

Recordemos un poco de historia

En 1928, el presidente Plutarco Elías Calles declaró concluida la era de los caudillos y anunció el comienzo de una “nación de instituciones”, y con esto nació el PRI, que encabezó el poder federal por 70 años.

Así a finales del siglo XX, pasó lo que nadie pensó en 2000, la oposición conformada por el PAN ganó la presidencia con su candidato Vicente Fox, y así comenzó el ensayo democrático en el que estamos.

En 2006, el PAN triunfó nuevamente con Felipe Calderón y la democracia que el pueblo mexicano anhelaba vio como el PRI y el PAN era digamos lo mismo solo con colores diferentes.
Para 2012 el poder regresó al PRI con Enrique Peña Nieto y una vez más se pide una democracia limpia y justa, sin mañas ni trabas. Por qué la democracia no es el presidente, la democracia es el pueblo mexicano.

México es una democracia, pero hay un descontento profundo con sus resultados. La mayoría resiente, con razón, el magro crecimiento de las últimas décadas, la persistencia de la pobreza y la desigualdad. A esos males se aúnan cuatro problemas abismales: la violencia, la inseguridad, la impunidad y la corrupción.

Otro asunto en que los ciudadanos ya no confían es el problema en el que está Anaya y cobrarle los platos rotos a Meade.

A este cambio se unen “Independientes”, sin posibilidades reales de triunfo, pero comparten una opción a la democracia.

Y aquí es donde se sitúa AMLO, según las últimas encuestas, los votantes parecen decididos a un “cambio”, otro más, llamado Andrés Manuel López Obrador, ese populista que busca la presidencia por tercera ocasión.

López Obrador ha prometido un “cambio de régimen”. Los votantes deben considerar cuidadosamente el significado de sus palabras, dados los precedentes.

Para comenzar, ha dicho que no cree en la existencia misma de la democracia mexicana, aunque es en el marco de sus reglas, instituciones y libertades que está en posición de ganar la presidencia. Tampoco confía en el árbitro: el Instituto Nacional Electoral.

Entre sus seguidores y él hay un genuino vínculo de fervor religioso que no es exagerado llamar mesiánico. Movido por esa convicción, López Obrador ha mostrado una inflexible intolerancia a la crítica de los medios e intelectuales. Para todos los que se le oponen o critican tiene un adjetivo descalificador: “simuladores”, “conservadores”, “vendidos”. Ha llamado a la prensa “fifí” (es decir, burguesa). López Obrador es incapaz de ejercer la autocrítica y exhibe una marcada inclinación a dividir al país entre “el pueblo” que lo apoya y todos los demás, que apoyan a “la mafia del poder”.

López Obrador se ha rodeado de antiguos políticos y líderes sindicales del viejo PRI que son la quintaesencia de la corrupción, que ha perdonado solo por el hecho de trabajar con él.

Lo que a mí más preocupa, sin embargo, es su actitud ante nuestra frágil democracia.

Sus defensores argumentan en su favor su trayectoria como jefe de gobierno en el Distrito Federal (2000-2005), pero en ese puesto no tenía, ni remotamente, el poder absoluto que podría acumular en la presidencia.

En ese caso, México sería otra vez una monarquía, pero caudillista y mesiánica, sin ropajes republicanos: el “país de un hombre”, desaparecería para volver al poder de las armas.
Solo el tiempo lo dirá.

 

Extractos sacados de la columna de Enrique Krauze